Una firma no debe cerrar una conversación que nunca ocurrió. Debe confirmar una decisión informada.
El problema no es usar lenguaje jurídico
Los conceptos técnicos son necesarios cuando precisan plazos, cuantías, competencia, penalidades, intereses o formas de cumplimiento. El problema aparece cuando el abogado escribe para exhibir familiaridad con ese lenguaje y olvida a la persona que contrató el servicio.
Una cláusula extensa no es necesariamente más segura. Las palabras redundantes, las fórmulas sin utilidad material y los tecnicismos innecesarios pueden ocultar el alcance práctico de una obligación.
Comprender también es estar protegido
La persona cliente debe poder leer el contrato, reconocer sus acuerdos y comprender sus consecuencias sin pagar a alguien más para interpretar el documento que acaba de recibir. Esa posibilidad forma parte del trabajo jurídico; no es un complemento de cortesía.
Cuando una parte no entiende lo que firma, no puede formular preguntas útiles, identificar una diferencia entre lo hablado y lo escrito ni medir con seriedad el riesgo del incumplimiento.
La claridad no elimina la precisión
Escribir claro no significa omitir lo importante. Significa establecer con precisión quién debe cumplir, qué debe hacer, cuándo, por cuánto y qué sucede si no lo hace. También exige nombrar correctamente las cantidades y distinguir entre anticipo, depósito, garantía y pago parcial.
La sencillez responsable elimina cláusulas innecesarias, pero conserva todo lo que permite comprender y aplicar el acuerdo.
Explicar antes de firmar
La claridad del texto debe completarse con una conversación. Conviene hablar sobre los acuerdos generales, los pagos, los plazos y las hipótesis de incumplimiento. Al final, la persona debe poder confirmar que entiende y está consciente del alcance del compromiso.
Un contrato no debe demostrar cuánto sabe quien lo redactó; debe permitir que quienes lo firman comprendan qué aceptaron.
